domingo, 6 de abril de 2014

Mil trocitos.

A veces el infierno puede ser genial si eliges a un buen demonio.

Realmente me siento así. Como cuando alguien se muere. Si hay algo más, ¿no creéis que le costará convencerse de que está muerto?
Realmente me siento así. Siento como si aún no pudiera creer que nada de esto ha acabado. Tantos sentimientos, tan fuertes, tan apasionados, tan llenos de magia se quemaran de repente para acabar en cenizas, en nada, en un vacío silencioso.
Pero en ese silencio sigue latiendo el pequeño trocito que yo salvé, mi pequeño trocito que es lo único que se escucha aquí, en donde solo hay oscuridad. Ese pequeño trocito que reproduce el sonido de unos latidos lentos y débiles, pero no para. Nunca para. Siempre está ahí latiendo, aunque esté a punto de morir, sigue latiendo con toda la fuerza que puede.
Y siempre lo va a hacer.
Porque lo lleva haciendo desde hace tanto tiempo... Latía sin ni si quiera tener un motivo por el que hacerlo, pero cuando él pasaba cerca latía con más y más fuerza, más emocionado, con más ganas.
Pero yo misma fui quien lo traicioné y lo lancé a las llamas. ¿Pero sabéis que es lo curioso? Que quiere volver a esas llamas. Era feliz en esas llamas, porque estaba rodeado de más trocitos como él, millones de trocitos que formaban la imagen más bonita vista jamás por ningún ojo.
Y ahora está triste, está débil, porque ya no tiene a esos trocitos, y los necesita, los necesita para seguir latiendo.
Porque si no, poco a poco, cada vez latirá más y más lento.
Hasta que esta habitación quede una vez más totalmente silenciosa.

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